Los desterrados

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Los desterrados – El Vocero
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El siglo veinte puertorriqueño puede verse como el de la migración en todos sus órdenes: los puertorriqueños que dejan su lar nativo, los que se mudan de un pueblo a otro —como lo recreó René Marqués en La Carreta— y crean movimientos poblacionales que inciden en la redistribución electoral y en la realidad político partidista y la inmigración caribeña a nuestras costas, como puede verse por las comunidades dominicana, cubana y venezolana, entre otras, que llevan décadas teniendo a Puerto Rico como su patria.

Muchas veces la migración fue voluntaria, producto de las condiciones inmediatas del emigrado. El resto del tiempo fue una política pública cuya realidad superó con creces la imaginación y donde el gobierno fertilizaba el terreno para el fomento insensible del éxodo de los hijos de esta tierra. Esto es lo que de manera magistral evidencia Edgardo Meléndez en su libro Sponsored Migration: the State and Puerto Rican postwar migration to the United States.

Por la realidad política de Puerto Rico el autor la ha definido como “migración colonial”, pues ocurre dentro del contexto del “colonialismo americano” y “la ciudadanía de los Estados Unidos”. El fomento sistemático por parte del gobierno comienza al final de la década del cuarenta, cuando el Partido Popular Democrático gobernaba el País. Era la herramienta principal para controlar la sobrepoblación, que desde 1900 era tema de discusión. La idea no solo se desarrolló en Puerto Rico; funcionarios federales en Washington coincidían en que era una alternativa idónea para el control de la población.

El Departamento del Trabajo creó una oficina de empleo y emigración para fomentar y ayudar a que emigrara la mayor cantidad de puertorriqueños a las frías tierras de Connecticut, Illinois, Michigan, Nueva York, Nueva Jersey y Ohio. Dicha oficina tenía un programa para orientar y aconsejar a los potenciales emigrantes. Los trabajos que adquirían eran, mayormente, en la agricultura y el gobierno mismo los reclutaba, pues ya había acuerdos con otros gobiernos estatales y el gobierno federal. Esto evidenciaba el fracaso del programa de gobierno del Partido Popular, que en 1940 había prometido pan, tierra y libertad para los pobres. Ninguna de las tres podía concederse a toda la población.

Es espantoso saber —como lo demuestra el autor— que figuras como Salvador Tió y Teodoro Moscoso veían en la emigración una válvula de escape y como parte del programa de creación de empleos y desarrollo económico. No solo estaban dispuestos a fomentar la emigración a los estados, también a Brasil y Venezuela. Algo impensable hoy día. En su diferendo con Clarence Senior, el autor de Puerto Rican Emigration, Tió se atrevió a decir que la emigración era la manera más barata de solucionar el problema y que la disyuntiva era entre “emigración o hambre”. Palabras que denotan que la Operación Manos a la Obra ya era un fracaso.

En 1947 el secretario del Trabajo, Fernando Sierra Berdecía, viajaría por los Estados Unidos y luego sería el arquitecto del marco legal para la emigración como política pública. El destierro de los puertorriqueños, el estimularlos para que se fueran —arrancarlos de su patria— era el proyecto que ayudaría a fortalecer la economía y la creación de empleos. Se creó una campaña agresiva para estimular al pueblo a enlistarse en este oprobioso programa, donde los engaños eran la parte oculta de todo ello. Y el Partido Popular —que una década antes apoyaba la independencia— usaba la ciudadanía americana como fundamento legal para la emigración.

La emigración puertorriqueña a los Estados Unidos a partir de los años cuarenta fue la primera migración aérea de la historia. Fue una emigración laboral y sus integrantes experimentaron el prejuicio que crea el no conocer el inglés. Por eso se fomentó la enseñanza de esta lengua a los emigrantes boricuas a través de la División de Migración y Luis Muñoz Marín les decía a los maestros en 1954 que Puerto Rico debía ser el pueblo que mejor inglés hable en América.

El saldo neto de todo el programa fue que para 1955 el desempleo sobrepasaba el 15% y los niveles de pobreza seguían muy altos. El ELA se había inaugurado y, desde entonces hasta hoy, no se ha podido detener la fuerza centrífuga poblacional, que —según las cifras del Censo— ha aumentado dramáticamente a partir del huracán María.

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Mario Ramos

Mario Ramos, Historiador Sigue Mario Ramos

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