Nuestro paraíso fiscal colonial – Por Mario Ramos Méndez – Historiador

OPINIÓN

Nuestro paraíso fiscal colonial

Zona bancaria
Archivo / EL VOCERO

El exsecretario del Trabajo de los Estados Unidos, Robert Reich, recientemente dijo: “When billionaires have enough wealth and power to dictate the rules of capitalism for their own benefit, we all suffer. Limiting their influence isn’t ‘class warfare.’ It’s leveling the playing field so everyone has an equal say in our democracy”. Por su parte, en Puerto Rico el secretario de Desarrollo Económico, Manuel Laboy, ‘contrario sensu’, dijo: “Puerto Rico es una jurisdicción con incentivos contributivos atractivos que van de la mano con una política pública de desarrollo. Además, se investiga previo y después de otorgar los incentivos”.

O sea, el capitalismo de estado que impera en Puerto Rico se hace de manera servil a los grandes intereses del capital, que solo les preocupa ganar más dinero en perjuicio de la clase trabajadora y de los más necesitados. Eso sucede en una jurisdicción como la nuestra, sin poderes políticos ni representación congresional y en unos tiempos donde no se ve la luz al final del túnel que nos dé la esperanza de que pronto saldremos de la crisis económica y fiscal.

Con un salario mínimo de $7.25 la hora, que lleva años sin subir, Manuel Laboy es la versión gubernamental del presidente de la Cámara de Comercio, José Ledesma, quien develó su espíritu al expresar que con ese ingreso cualquiera podía vivir en Puerto Rico. Ese sacrilegio creó un amazónico caudal de críticas hacia su persona, todo por expresar en lo que cree: que los incentivos sean para los ricos y la carga y sufrimiento para los pobres.

En una jurisdicción como Puerto Rico, donde el índice de pobreza llega al 45% de la población —lo que la lleva a tener la nada honrosa distinción de ser, tal vez, la más pobre de los Estados Unidos— el gobierno colonial de Puerto Rico no hace nada para aliviar la carga que tienen los pobres y la clase media, ni para crear estímulos de crecimiento económico que redunden en empleos bien remunerados para la clase trabajadora. Por lo visto, en estas últimas semanas los pronunciamientos de funcionarios gubernamentales de envergadura, como Manuel Laboy, van dirigidos a que el crecimiento económico es para los bolsillos de los grandes intereses y no para los mejores intereses del pueblo.

Durante la gobernación de Luis Muñoz Marín se dio un intenso debate en una reunión donde participaron este, el administrador de Fomento Económico, Teodoro Moscoso y el secretario de Hacienda, Sol Luis Descartes. Descartes tenía la opinión de que las empresas foráneas deberían pagar contribuciones al fisco, pues ya se les había dado todo: subsidios de agua y luz, renta nominal de $1.00 al año, bajos salarios a los trabajadores y la garantía de cero uniones obreras. La discusión terminó cuando Moscoso dijo que al ser Puerto Rico una jurisdicción distinta a los estados en asuntos contributivos, eso se convertía en un recodo a la estadidad. Muñoz acogió la idea de Moscoso y lo demás es historia.

Convertir a Puerto Rico en paraíso fiscal habla muy mal de nosotros los puertorriqueños y, peor aún, del gobierno; pues nos proyectamos que ante el gran capital hacemos genuflexiones reverenciales mientras nos olvidamos del trabajador puertorriqueño que tiene que vivir —y sufrir— con un salario que hace años no aumenta, mientras el costo de vida sigue creciendo. Todo eso nos lleva a pensar si estas personas que llegaron al poder por el Partido Nuevo Progresista en realidad creen en la igualdad de derechos del ciudadano americano en Puerto Rico, y si el partido que dice postular la estadidad en realidad cree en ella. En ambas cosas, desde hace tiempo, tengo mis dudas, pues el acceso al poder y su conservación una vez adquirido es mucho más atrayente que la ideología, si es que una vez la hubo. “En política todo es cuestión de comía”, dijo una vez Joaquín Becerril.

Las propuestas del gobierno de ayudar más a que los grandes intereses aumenten sus ganancias en perjuicio del pueblo hace evidente que ninguno de los partidos principales puede catalogarse de ideológico. Las supuestas ideologías que pregonan, si algunas, están guardadas en una gaveta para usarse en caso de necesidad imperiosa.

Ambos han perdido su norte; son máquinas electorales que solo buscan alcanzar el poder. Sería beneficioso que hicieran lectura de la obra capital de Jeremy Rifkin, The End of Work: The Decline of the Global Labor Force and the Dawn of the Post-Market Era. Texto que debe ser lectura obligada por todos, incluyendo a Manuel Laboy y la gobernadora Wanda Vázquez.

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Mario Ramos Méndez

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