PUERTO RICO: LA EXCEPCION COMO NORMA – Por: Gregorio J. Igartúa

PUERTO RICO: LA EXCEPCION COMO NORMA

Por: Gregorio J. Igartúa, Abogado, CPA, LL.M Derecho Internacional y Comparado

Por décadas, hemos pretendido atender los retos que enfrentamos como sociedad a base de esquemas gubernamentales amorfos; un nocivo sistema de excepciones.

 Se nos vendió la idea de un experimento político sin precedente.  Un esquema con atributos casi míticos, alegadamente dotado de todos los beneficios de la ciudadanía americana y con autonomía para limitar nuestras responsabilidades fiscales individuales y colectivas a los fines de encaminar el desarrollo económico de la Isla.   Un sistema “excepcional” que recogía “lo mejor de los dos mundos” y que dado su carácter novel no enmarcaba perfectamente bajo ninguna de las estructuras políticas reconocidas expresamente por la Constitución de los Estados Unidos.  Naturalmente, la propuesta también implicaba otras excepciones menos glamorosas, como la falta de derechos políticos fundamentales, que nos han llevado a una crisis que ha lacerado nuestra propia fibra socioeconómica.   

¡Claro está!  Esta perspectiva no la hemos limitado a las formulas de estatus, sino que permea toda la política pública de la Isla.  En efecto, donde más resalta esta obstinación, es en el ámbito económico.   La excepción ha pasado a ser la piedra angular filosófica de los “modelos de desarrollo económico” criollos (independientemente de la ideología de la administración).  

Se promueve a toda costa un tratamiento contributivo especial que no esté confinado a los rigores de la normativa tributaria federal, pero que tampoco implique trato de extranjero.  Simultanéame, se reclama una integración total en las asignaciones federales.  ¿Por qué no? ¡En fin, como americanos lo merecemos!  A nivel estatal, se pretenden atender todos los problemas estructurales y las deficiencias competitivas a base de innumerables programas de incentivos que exceptúan de las normas a algunos, a expensas de otros.   Desde las deficiencias energéticas hasta las crisis demográficas y salubristas (entre tantas otras) forman parte de un código de remiendos que se propaga rápidamente y sirve tanto de navaja militar suiza como de escudo contra la necesidad de asumir con determinación los desafíos.

La insistencia con dicho discurso ha trascendido su evidente colapso.     Tan reciente como la pasada semana resurgió el clamor por el excepcionalismo luego del anuncio de la administración Biden de promover legislación concediendo paridad en ciertas asignaciones federales, particularmente el seguro social suplementario.  Como suele suceder, en menos de 48 horas, la exuberante reacción se vio tronchada por el anuncio de dicha misma administración de insistir en la impugnación de una determinación del Primer Circuito reconociendo la paridad en dicho beneficio federal como cuestión de derecho.   

En Washington, se reactivaron con entusiasmo las grandes coaliciones que insisten, bajo amenaza constante de fuga, que se perfeccione un paraíso fiscal excepcional.  Sin excepción no hay progreso.  Paralelamente, un grupo de catedráticos explicaban la ignorancia de la democracia y los vicios del voto mayoritario del pueblo en favor de sus singulares y particularmente informadas perspectivas.   El problema es que, si bien la excepción como norma pretende dar la apariencia de consensos, innovación y progreso, en realidad es un esquema de efímeros remiendos que prolongan y promueven los problemas tratando de maquillarlos.  Esta falta de audacia fomenta la desigualdad, favoreciendo el establecimiento de realidades paralelas, usualmente en detrimento de los mas vulnerables.  Sirve de base a la discriminación y la subordinación, pero la esconde entre los grandes alardes ecuménicos.  Ya es hora de internalizar que nuestra afición por el excepcionalismo nos ha llevado a la fragmentación ideológica, la apatía y el cinismo.   Nos hemos privado de un discurso coherente que encamine nuestras aspiraciones. Hemos creado dependencia a un mito que aspira a librarnos de las implicaciones de nuestros propios actos; un tipo de cobertura de apuestas (hedge betting) que posterga la toma de decisiones fundamentales con la esperanza de un escenario prospectivo libre de riesgos.   Una ficción que por su propia naturaleza no es viable. 

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