La gran tragedia de Puerto Rico

La gran tragedia de Puerto Rico

1 de junio de 2012 – OpiniónPolítica – 

El status político actual de Puerto Rico provoca que a los puertorriqueños se nos violen nuestros derechos humanos. Ante esa realidad, el próximo 6 de noviembre se celebrará un plebiscito que le ofrece al Pueblo la opción de votar para que cese esa violación de derechos.

Crédito: SUMINISTRADA.

El status político actual de Puerto Rico provoca que a los puertorriqueños se nos violen nuestros derechos humanos. Ante esa realidad, el próximo 6 de noviembre se celebrará un plebiscito que le ofrece al Pueblo la opción de votar para que cese esa violación de derechos.

Dada esa oportunidad, uno pensaría que el Pueblo, abrumadoramente, va a las urnas a votar en contra de nuestro sistema colonial. La realidad, sin embargo, es otra. En Puerto Rico no solo hay muchos que están inclinados a votar a favor del status actual, sino que a los grupos que abogan por la descolonización les cuesta trabajo explicar por qué debemos favorecerla.

“Malas están las cosas cuando hay que explicar lo obvio”, me decía hace unos días un colega profesor, aunque hablando sobre otro asunto.

Cuando hurgamos un poco nos damos cuenta de que la razón para esto gira en torno a la economía. (“It’s the economy, stupid”, dicen en Estados Unidos, usando una frase que se popularizó por primera vez en la elección presidencial de 1960.)

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Puerto Rico es el lugar donde más prevalece el ‘Síndrome de Estocolmo’ a través de toda la sociedad. La mayoría de los puertorriqueños, incluyendo muchos de los que abogan por cambiar el status político actual, viven convencidos de que su progreso se debió a un sistema colonial que nos viola nuestros derechos. Peor aún, un segmento numeroso de este pueblo cree que para poder ‘comer’ tenemos que permitir que esa violación de derechos continúe.

Esas creencias, por supuesto, son falsas. Así lo demuestra, por ejemplo, un estudio realizado por William Baumol y Edward Wolff, dos distinguidos economistas de New York University, publicado bajo el título de Catching Up in the Postwar Period:  Puerto Rico as the Fifth ‘Tiger’? en la edición de mayo de 1996 de la revistaWorld Development.

Baumol y Wolff observaron que durante gran parte del Siglo 20 el Producto Interno Bruto (PIB) de Puerto Rico creció a un ritmo significativo. Tal fue el grado de crecimiento en nuestra economía que ellos lo compararon al de muchos de los países apodados los ‘tigres asiáticos’ que se caracterizaron por experimentar un crecimiento económico vertiginoso durante el mismo período.

Esos dos economistas conocen muy bien a Puerto Rico y saben que, debido a nuestra relación con Estados Unidos, nuestra economía tiene unos factores que no tienen otros países. Por lo tanto, la interrogante que les surgió, y la que analizaron en su estudio, fue si ese crecimiento económico que experimentó Puerto Rico se debió a factores ‘tradicionales’ de economía (e.g., educación, inversión y apertura al comercio internacional) o si, por el contrario, ese progreso se debió a las características peculiares de la Isla (emigración, transferencias de fondos federales y la Sección 936).

Baumol y Wolff analizaron los años desde 1950 a 1990. Durante los mismos, el PIB de Puerto Rico creció, en términos reales, a una tasa anual promedio de 4.17%. De acuerdo a su análisis, de esa tasa de crecimiento, 3.75% (o sea, el 90% del crecimiento) obedeció a factores tradicionales de economía. En términos de los factores peculiares de Puerto Rico, la Sección 936 fue la que menos contribuyó a ese crecimiento (0.07%) y las transferencias de fondos federales solo aportaron 0.21%.

Desde luego, la Sección 936 comenzó en el año 1976. Por lo tanto, podría argumentarse que eso puede explicar su ínfima contribución al desarrollo económico de la Isla durante el período analizado. Baumol y Wolff, sin embargo, analizaron también los años de 1980 a 1990, durante los cuales la Sección 936 siempre estuvo en operación. Durante esos años, el PIB creció a razón de 3.48%. Aun cuando estaba en pleno apogeo durante esos años, sin embargo, la Sección 936 continuó siendo la que menos aportó al crecimiento económico (0.21%). Por su parte, las transferencias de fondos federales solamente aportaron el 0.47%.

Es innegable que, a mediados del Siglo 20, Puerto Rico tuvo unos éxitos económicos significativos. Como consecuencia, nuestra isla dejó de ser la ‘casa pobre del Caribe’ para convertirse en el lugar con una de las economías más sólidas del hemisferio. Como se puede apreciar de ese estudio, ese logro no se debió a la emigración, a los fondos federales ni a los incentivos contributivos. Ese logro se debió, principalmente, al esfuerzo colectivo de los puertorriqueños.

Ahí radica la gran tragedia de Puerto Rico. Durante un período importante de nuestra historia, los puertorriqueños tuvimos unos logros económicos de relieve mundial. Esos logros se debieron, fundamentalmente, a nosotros mismos. La mayoría de los puertorriqueños, sin embargo, viven convencidos de que el progreso de este pueblo no se debió a nosotros, sino que nos lo trajeron de afuera. Peor aún, la mayoría de este pueblo piensa que su futuro no está en sus propias manos, sino en las de otros que vengan de afuera a salvarnos.

Un partido le dice a este pueblo que sus logros se debieron al status que permitió darles incentivos a las corporaciones multinacionales para que vinieran a darnos empleos. El otro le atribuye el progreso a Estados Unidos y a los fondos federales.

Después nos preguntamos: ¿por qué hay tanto pesimismo en la calle? Pero, ¿qué otra cosa puede esperarse de un pueblo al que le han enseñado que sus mayores logros no son suyos y que el futuro no está en sus propias manos?

En Puerto Rico, los medios de comunicación, las organizaciones profesionales, comerciales y sindicales, la mal llamada ‘sociedad civil’, y algunos partidos políticos han llevado a cabo esfuerzos para enseñarle a este pueblo a valorar las olimpiadas y los concursos de belleza.  Poco les ha importado, sin embargo, enseñarle a los puertorriqueños a valorar sus derechos y su dignidad, y que no hay que sacrificar éstos para alcanzar el éxito económico.

Los que creemos en la estadidad venimos de una tradición que emana de una frase sencilla: “Give me liberty or give me death”. Para lograr esa libertad, se inventó la Estadidad. Lo demás son cuentos de camino.

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