La fuerza de las instituciones

La fuerza de las instituciones

Congreso
El 6 de enero una turba de seguidores de Donald Trump asaltó el Capitolio. >Manuel Balce Ceneta/AP

Las democracias se caracterizan por ser garantes de las libertades y derechos del pueblo. La convivencia social en el ejercicio del sagrado derecho de reunión, asociación, libertad religiosa y de expresión están protegidos dentro de este sistema de gobierno. Su solidez es la mayor defensa contra los enemigos internos, siempre en acecho para subvertir el orden y el estado de derecho. Creo que nadie pudo describirlo mejor que Jean Francios Ravel en su extraordinario libro, Cómo terminan las democracias.

El 6 de enero una turba de fanáticos de derecha, agitados por el presidente Donald Trump, llegó hasta el capitolio federal e invadió sus espacios internos. Los congresistas, reunidos para contar los votos electorales que daban la victoria a Biden, fueron evacuados por la policía. Los invasores llegaron portando distintos símbolos alusivos a sus perspectivas ideológicas y políticas; ultraconservadoras y de total enajenación e irrespeto hacia la ley y el orden.

Desde la adopción de su constitución en 1787, los Estados Unidos ha pasado por distintos momentos donde su democracia ha quedado a prueba. La guerra de 1812 con Inglaterra donde el ejército inglés quemó el capitolio federal, la guerra civil con sus más de medio millón de muertos, las dos guerras mundiales, la gran depresión, la Guerra Fría, la guerra de Vietnam, la lucha de los negros por la conquista de la igualdad, los Pentagon Papers y el caso de Watergate, fueron pruebas de fuego que midieron el valor y la fuerza del sistema democrático americano y sus instituciones de gobierno.

Por ser el país que adoptó la primera constitución de la historia, los Estados Unidos no han estado exento del extremismo demagógico. Figuras aborrecibles y neofascistas como Huey Long, exgobernador de Luisiana; el senador Joseph McCarthy y el gobernador de Alabama, George Wallace —este último líder de un populismo segregacionista y racista, y famoso por la frase, ‘segregation now, segregation tomorrow, segregation forever’ al tomar posesión de la gobernación de su estado en 1963— no han impedido el continuo desarrollo de las instituciones, porque líderes, partidos políticos y actores de la sociedad civil en toda su extensión sirven de freno al despotismo de turno.

En la historia de la nación los problemas recurrentes han sido políticos, no constitucionales. Los eventos que se han dado no han impedido el funcionamiento de la constitución y sus efectos directos en la gobernanza. Además del texto de ‘the supreme law of the land’, hay dos normas no escritas que se complementan recíprocamente con el mandato constitucional: la tolerancia mutua, o el entendimiento de que las partes se acepten como legítimos rivales y la idea de que los políticos deben restringirse en el posible uso imprudente del poder. (Véase a, Steven Levitsky & Daniel Ziblatt, How Democracies Die).

Las crisis habidas a través de la historia son políticas. El daño surgido lo han recibido los partidos, no las tres ramas de gobierno que siempre han mantenido su funcionamiento. La constitución siempre ha tenido respuesta para cada una de las encrucijadas con que la nación se ha enfrentado. Incluso, con los cuatro presidentes asesinados, Abraham Lincoln, en1865; James A. Garfield, en 1881; William McKinley, en 1901; y John F. Kennedy, en 1963, el orden constitucional siguió el curso establecido en Filadelfia, el 17 de septiembre de 1787. Igualmente, con el intento de asesinato a Ronald Reagan donde se consideró invocar la Enmienda XXV.

Son las instituciones, fundamentadas en la constitución, el mejor freno para los intentos de insurrección o golpes contra el sistema democrático. Así sucedió en España el 23 de febrero de 1981. El asalto al parlamento español no impidió que las instituciones siguieran funcionando. Mientras los golpistas disparaban en el hemiciclo parlamentario, un Adolfo Suárez, presidente del gobierno en funciones, encendía un cigarrillo y los observaba impávidamente. Una escena registrada para la historia.

En eso Puerto Rico no es la excepción. Cuando el pueblo expulsó a Ricky Rosselló, la Constitución siguió rigiendo la cotidianidad gubernamental y civil del puertorriqueño. Interpretando una laguna en la ley, Pedro Pierluisi juramentó como gobernador, y aunque el Tribunal Supremo la invalidó, no hubo crisis constitucional de clase alguna. Podemos decir que ni política, porque los actores y sectores políticos siguieron manifestándose libremente en su medio ecológico.

Lo sucedido en los Estados Unidos es prueba de que las instituciones están por encima de los individuos. Tanto el gobierno federal como el de los estados siguieron funcionando. Los golpistas siempre han tenido en el poder soberano del pueblo su peor adversario. No es en una bala, en una piedra ni en un puño, sino en la punta del lápiz, como decía Luis Muñoz Marín, donde vive la democracia de un pueblo.

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Mario Ramos Méndez

Mario Ramos, Historiador

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