La globalización del azúcar – Por Mario Ramos

La globalización del azúcar

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Fue con el descubrimiento de América que la globalización comienza a desarrollarse hasta convertirse en lo que tenemos hoy. La expansión hasta la India del imperio griego de Alejandro Magno y la extensión del imperio romano que dominaba Asia menor, todo el norte de África y la mayor parte de Europa no se compara con lo que comenzó el 12 de octubre de 1492. La vuelta al mundo comenzada por Magallanes demostró que se podía viajar alrededor del globo para el comercio internacional.

Con la extensión del imperio español por todo el mundo, América, Filipinas, el oeste de África y, por supuesto, Europa, fue que surgió la frase, “en mi imperio nunca se pone el sol”. Atribuida por algunos a Felipe II y por otros a Carlos V, y que evidencia el poder global -político, económico y cultural- de la España de la época; que hizo del español un idioma diurno.

Bajo España fue que el azúcar llega al Nuevo Mundo. Su travesía comienza miles de años antes, pues todo se inició en Nueva Guinea. Poco a poco fue emigrando a Indonesia, Filipinas, India y China. Fue en el país hindú que, varios siglos antes de la era cristiana, se dio una revolución tecnológica en el cultivo y procesamiento del azúcar. La primera en la historia mundial de la industria de este cultivo. El molino surge como elaboración mecánica de este importante producto.

De Asia se extiende al medio oriente y luego llegó a Grecia y Roma por tierra y por vías marítimas. Bajo los romanos se crearon y repartieron latifundios entre miembros de las familias imperiales. Sin embargo, tardó mucho en aclimatar la planta porque el consumo se daba por las importaciones que los griegos y luego los romanos hacían desde la India. Varios siglos después los egipcios perfeccionan la refinación y en un tiempo breve se convirtió en suplidor de azúcares de calidad por todo el mundo árabe. Y en pocas centurias las tierras circundantes en el Cairo se convirtieron en cañaverales y la ciudad en una factoría de azúcar y dulces.

La migración del azúcar y su elaboración llegó a Marruecos y entró en la España árabe, donde se asentó entre el 700 y el 1100. Se le llamó una revolución agrícola, pues fue un trasplante de conocimientos y tecnología que venían acumulándose desde los tiempos de la India antigua. La difusión y ampliación de cultivos, de la mano con nuevos sistemas de elaboración, clasificación de los tipos de suelos y la creación de tratados sobre la agricultura se dio en esta época. Ya los cultivadores tenían consigo un enorme acervo que venía desde sus orígenes y cuya transmisión fue de manera oral.

En España la caña entró de dos maneras; desde el noroeste de África y desde Sicilia. El producto, como en los lugares anteriores, fue aceptado de inmediato. Tratados sobre agricultura, en general, y el cultivo y cosecha, en particular, fueron publicados en distintas obras. El Medioevo español tuvo una diversidad de agrónomos, mayormente andaluces, que hicieron una aportación extraordinaria a la ciencia agrícola. Esta sapiencia de los españoles en el cultivo de la caña sería trasplantada a las Américas.

En su segundo viaje, Cristóbal Colón la introdujo y la trajo de los cultivos de las familias genovesas en las islas Canarias. En poco tiempo todo el Caribe sería una extensa factoría de azúcar, y la plantación azucarera sería el protagonista de su historia hasta bien entrado el siglo veinte. (Véase, Frank Moya Pons, Historia del Caribe: plantaciones, comercio, y guerra en el mundo atlántico).

Este breve periplo histórico que narro nos lo ofrece, de manera insuperable, el historiador Francisco Moscoso en su extraordinaria obra, Orígenes y Cultura de la Caña de Azúcar: de Nueva Guinea a las Islas del Atlántico. Con una bibliografía extensa, que incluye casi cuatrocientos libros citados que demuestran una impresionante disciplina y erudición del autor, cada puertorriqueño que lea este texto debe de sentirse orgulloso que un hijo de esta pequeña isla haya historiado los orígenes y evolución, a través del tiempo, del cultivo de esta planta que cuando era quemada en los comienzos de cada zafra, todos los que vivimos esa experiencia pisábamos las cenizas que volando caían en nuestras casas.

Como uno de los mayores historiadores que ha tenido Puerto Rico, esta obra de Francisco Moscoso es lectura obligada para los que no conocen, o para los que desean expandir sus conocimientos, sobre este importante cultivo -evaporado en el devenir histórico- que fue factor decisivo en toda la historia del Caribe.

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Mario Ramos Méndez Mario Ramos, Historiador

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